viernes, 13 de septiembre de 2013

Amigo, ¡corra!, ¡usted se está matando!



Si va a comenzar a leer este post puede colocar la canción de Pink Floyd “The Wall”.

Levantarse casi de madrugada porque tiene que preparar todo lo del día, la comida, desayunar, vestirse según las exigencias, apurarse, ¡apurarse!

Salir a darse trompadas con la otra gente que anda como usted, apurado, tratando de ganar una lucha contra el inclemente reloj que avanza, ¡corra! Que puede llegar 10 minutos tarde… Y entonces…

Si llega 10 minutos tarde puede ser que lo amonesten, o que lo boten, además todos los demás ya corrieron su maratón para llegar a la prisión, perdón, a la oficina… ¡Corra y siga leyendo! 

Claro, porque usted debe leer, ver su teléfono, revisar Twitter y Facebook mientras se pega con espaldas ajenas, a la par que su rostro se frunce, los músculos se tensan, porque su cuerpo entiende que está en medio de una guerra.

La terrible guerra de la mal llamada “productividad”.

Algunos mitos

En las sociedades occidentales se ha creado la falsa ilusión de que llegar más temprano y a una hora en específico hará que el trabajo colectivo sea más productivo. Seguramente esto tiene sus orígenes en algunas escuelas positivistas de la cultura organizacional que establecieron los principios del horario y la productividad hora/hombre.

Les invito a apasionarse en la lectura de la cantidad de patologías psicológicas, emocionales y físicas que se han originado en el nombre después de la Revolución Industrial.

Coloqué el tema de Pink Floyd porque de cierta forma está identificado de una tendencia anti industrial que marcó buena parte del siglo XIX y XX, algunos hombres culpaban a las máquinas de los problemas que estaban sufriendo, pero la culpa nunca es de la tecnología, sino de quien la produce y las normas que coloca.

Esas escuelas basaron sus principios en la “productividad” un concepto que desde mi punto de vista ha arrojado demasiada basura al mundo para lo poco que ha aportado.

Productividad es la causante de el exceso de contaminación en el Planeta, a la par es la primera responsable en la desviación de las conductas del hombre, y su ruptura con el mundo real.

En occidente productividad tiene que ver con cantidad: de horas invertidas, de máquinas trabajando, de productos elaborados, de dinero producido.

Pero nadie de esas escuelas pensó en las consecuencias que traía la productividad, muy apasionados del pensamiento positivista, no midieron otros aspectos que, en sumatoria, hacen de la productividad un ridículo espectáculo que caduca.

Usted no sería capaz de correr un maratón hoy, evidentemente si lo hace llegaría detrás o sobre la ambulancia, para un maratón la gente debe prepararse.

Pues resulta que usted pasa 18 años de su vida (en América esto no aplica, pues los niños deben salir a producir) y de sopetón le mandan a correr el maratón.

Consecuencias

Usted está yendo contra su naturaleza, nuestro organismo está diseñado fisionómica y orgánicamente para recibir “puntuales momentos de estrés”, piense que es un tigre, tiene capacidad para gastar su energía puntualmente en conseguir comida, luego debe reposar.

La mayoría de los animales tienen este sistema de “gastar energía puntualmente”, por una cuestión de salud y de verdadera productividad.

El concepto de productividad no se asocia con cantidad sino con focalización, “estar en el foco, dar en la diana”.

Evidentemente, esta carrera contra su naturaleza le trae consecuencias a la vida humana incalculables.

Como son tan grandes voy a comenzar a explicarlas desde lo particular y hacia lo global.

En usted el organismo comienza a generar dos venenosos factores, productores de múltiples enfermedades emocionales y físicas: la ansiedad y la angustia.

Ambas raíces de la depresión, y la frustración, que son pasos progresivos hacia la neurosis y la psicosis.

Su cuerpo no se comporta racionalmente ante lo que usted le somete, basta con leer el aumento de enfermedades mentales y emocionales que se ha suscitado en los últimos dos siglos. 

La locura es un trastorno complicado, existe desde la antigüedad, pero sin duda en la sociedad moderna se llega más rápido a este estado, y son más los casos.

Físicamente también se dan enfermedades producto de todo esto, si bien en los anales de la historia se tiene conocimiento de estados de locura antes de la revolución industrial, lo que no se tiene es registro de patologías colectivas tan mortales como el cáncer.
Desde mi punto de vista, viendo a amigos y conocidos que han padecido la enfermedad, y que en teoría son “sanos” y no tienen “vicios”, debo atribuir su enfermedad a la forma en que llevan sus vidas, encajada en lo que he explicado arriba.

Es sencillo, usted se está matando todos los días, y esto es literal.

Socialmente comenzamos a producir espacios para la violencia, la competitividad mal sana, lo que genera: envidia, odio, crímenes, y mayor cantidad de estrés.

Sume que va tarde a su trabajo a que pelea con alguien en el metro a diario, y ya tiene el caldo de cultivo para cualquier patología.

Hay entre todas estas enfermedades una que me llama la atención, la necesidad de estar pendiente de la vida ajena. Es para mi esto una patología con claros síntomas y patrones.

Estas personas que viven pendientes de “lo que el otro hace” están enfermas, y deben recibir tratamiento, porque se vuelven realmente improductivas, frustradas, y terminan siendo verdaderos estorbos en las organizaciones.

En lo global, tenemos sociedades divididas, poco claras, cansadas y resistentes a los cambios y a emprender con motivación ideas nuevas.

Producimos contaminación, gastamos nuestra vida, nos enfermamos, morimos, matamos por producir cosas que duran días y terminan contaminando el planeta por siglos.

En este proceso afectamos a las familias, criamos hijos abandonados y débiles emocionalmente, hemos dejado que el hogar se contamine como lo está nuestro trabajo.

La gente busca drenar todo el estrés de alguna forma, de allí que los últimos dos siglos hayan sido los más bélicos de la historia humana.

¿Por qué no cambiar?

Nuestros jefes han crecido en este ambiente, y los jefes de ellos también lo hicieron, para ser exactos son como 200 generaciones bajo este ambiente.

Nuestros jefes viven del miedo, porque sus cabezas y sus negocios “dependen” según ellos creen, de que usted llegue a tiempo, cumpla, haga, y si no lo hace hay que cambiarlo rápido, como el tornillo de una máquina que falla.

A su jefe le interesa que usted se siente, y haga “lo que debe hacer”, lo que pasa es que si usted hiciera lo que debe hacer no estaría allí sentado. Y su jefe lo sabe, por eso busca la forma de recompensarlo para que usted someta su vida a lo que él también hizo.

A un jefe no le interesa que su empleado se vuelva emprendedor, porque tendría que dejarlo de ver como jefe para verlo como igual, y eso es competencia.

Por eso, mientras más ideas usted tenga, más trabajo le será asignado, porque usted es “bueno” mientras esté del lado de su jefe y a su cargo.

Intente usted propiciar un negocio propio mientras trabaja con su jefe y verá como esto se vuelve un problema, que hay que solucionar con su despido.

Y su jefe no tiene la culpa, el responde al ritmo de una sociedad que tiene 200 años enferma.

En conclusión, si a usted no lo mata el “trabajo productivo occidental” y sus consecuencias, puede que termine reuniendo dinero para retirarse a una casa de campo cerca de un río y pescar para tratar de descansar sus últimos años de vida, sin darse cuenta que hubiera podido pasar toda su vida pescando y siendo feliz.

lunes, 2 de septiembre de 2013

¿Cuándo mueres?


Un día de furia. Michael Duglas.

Con el título pudiera pensarse que se trata de cualquier aplicativo que te indica el momento en que la pelona te viene a buscar. No es un aplicativo y tampoco tiene que ver con la pelona real, pero hay muertos en vida caminando, como decía San Agustín.

Mueres cuando…

Te levantas cada día pendiente de ver que está haciendo otro y cómo amargar su vida.

Piensas tener siempre la razón y saber que lo que piensas es lo correcto, lo justo y lo mejor.

Vives atribuyéndole la responsabilidad de lo mal que te va a otro, regando culpa por donde pasas en vez de demostrar lo que puedes hacer.

Intentas siempre ser más… fuerte, hábil, “vivo”, rápido, porque el mundo está hecho para el que es superior en todo.

Tienes poder y amedrentas a otros con ello.

Sólo te importa tu espacio, porque todo lo que consideras erradamente tuyo es lo que te duele, tu esposa, tu familia, tus cosas…

Alimentas tu ego con cosas tan superficiales que tu vida parece un ponqué mal hecho con una cobertura bastante ligera.

Llenas de ruido tu vida, para no oírte, porque escuchar tus propios reclamos se hace sumamente insoportable.

Piensas que vives una película, en la que eres el protagonista.

Trabajas porque lo necesitas y no porque te apasiona.

Crees que tienes tiempo mañana para hacer lo que realmente es imprescindible e importante.

Apoyas una idea porque escuchas lo que otros dicen, y no te detienes un minuto a dudar, a preguntarte, a cuestionarte.

Piensas que tienes derecho a todo sin tener que dar o aportar algo para que suceda.

Exiges lo mejor pero das lo peor.

Crees que porque el destino te premió una vez no debes hacer más nada en la vida para cosechar lo que se te ha dado.

Y así vas muriendo a diario, apestas a cadáver por donde vas caminando, le temes a la muerte cuando llevas rato muerto, pudres lo que tocas y anhelas seguir viviendo.

Las personas le temen a la muerte pero detrás del temor está el egoísmo, el egocentrismo, y el vacío de no haber vivido una vida plena haciendo lo que les gusta.