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miércoles, 14 de septiembre de 2022

El peor de los males, la muerte, no significa nada

Mis abuelos y Loreto


Mi casa en Caracas tenía una azotea que, cuando era pequeño, era común con mis abuelos y tíos. Ella tenía un muro verde que de altura me llegaba al pecho, y por encima del muro tenía unas vistas del maravilloso Ávila, y parte de mi barrio y mi ciudad.

Siempre había alguna herramienta útil para poder jugar, aunque juguetes nunca me faltaron. Pero yo me divertía con un tubo de papel, una brocha, un pedacito de tubo de metal, o cualquier cosa de la construcción de la casa que estaba por allí colocada. 

Imaginaba batallas titánicas en las que participaba. Sin saber que la lucha ya había comenzado el día en que nací.

Miraba mi cielo azul clarito con las nubes blancas, y esos colores que sólo tienen los cielos caraqueños, y como de pronto se derretía el azul ante los bordes imponentes de la montaña madre, de ella a mi casa venían siempre invitados: monos, cacatúas, búhos, murciélagos, loros. 

Era feliz, con esa felicidad que sólo se tiene una vez, porque no te cuesta nada; simplemente eres feliz sin tener que hacer nada para conseguirlo. 

Al girar, miraba a mi abuelo en su rincón trabajando sin parar, metiendo y sacando manteles de las 3 lavadoras que tenía, un sistema creado por él y mi abuela para poder lavar las fundas de las mesas de las agencias de festejos. Allí estaba, siempre riendo, siempre en calma, siempre fumando y diciéndome "Sauki, ¿Qué estás haciendo?, no te pongas a inventar, inventor".

A sus pies estaba Sultán, uno de nuestros amados perritos, negro como el azabache y adorable, no dejaba de venir a darnos amor, a jugar, siempre a nuestro lado.

Mientras, mi abuela planchaba cientos y cientos de manteles, no importa el tamaño o lo arrugado, aquellos manteles siempre quedaban lisos y listos. Y lo hacía con un cariño, a la par de planchar, contaba y anotaba, y jugaba con todos sus nietos. Vale decir, que mi abuela nunca aprendió a leer ni a escribir en una escuela.

Aunque era un niño, a veces, en aquella azotea, rodeado de tanta alegría pensaba en el día que la vida girara, no sé por qué ni de dónde me venían esas ideas, pero le oraba a Dios para que me alargara aquellas tardes...

¡Que tonto fui!, si hubiera aprovechado cada rato de reflexión para ganar más tiempo de ese momento. Porque el día que tanto temía llegó ese 18 de septiembre de hace 9 años, cuando mi abuelo partió de este mundo. 

Fue tan rápido, y en un momento tan difícil, que no pude despedirme de él. Mi madre sí pudo tomar su mano, pero yo ni siquiera pude verle.

Aún así, y aunque lloré mucho, no sentí que lo perdiera. Como un río que viene de frente, empezaron a llegar a mi cabeza todos los recuerdos, todas las conversas, las idas a por pan, los ratos de comer "pan con refresco", lo bien que la pasaba con su loro "Loreto". 

Ya no veía a mi abuelo en las comidas familiares, o en la cocina, o bajando los manteles de su camioneta, pero mi abuelo no había desaparecido, no del todo. Estaba en mi, estaba allí.

“El peor de los males, la muerte, no significa nada porque si somos, la muerte no es; si la muerte es, no somos.” Epicuro (341-270 a.C.), Carta a Meneceo.





lunes, 29 de noviembre de 2021

Las palabras son como un barco

Imagen de RobertFrw en Pixabay 

Hoy miraba como flotaba un barco en el puerto, me sorprendía la capacidad de algo tan grande y pesado de mantenerse a flote, atado y en un agua tan calma. 

Los pequeños golpes del agua contra el casco era lo único que rompía el silencio. Y yo pensaba en las palabras como aquél barco, capaz de flotar en medio del mar de ruidos y voces. 

Las palabras te pueden hacer navegar, en un viaje maravilloso y único, a través de calmadas aguas y paisajes inolvidables, y también pueden meterte en verdaderas tempestades, con olas gigantes, y amenazas constantes. 

¿Hacia dónde han decidido navegar tus palabras? 

lunes, 13 de abril de 2020

Lavarse las manos, bien, ¡muy bien!

Hermosa obra de Jan Lievens, "Pilato lavándose las manos", h.1625.

Índice o indicio

Ha pasado tiempo ya desde que publiqué mi último post. Y muchos me han preguntado ¿No hay nada que decir en estos tiempos de Pandemia, virus, frustración y pánico?, y yo respondo de forma inmediata: Dos cosas, lávate bien las manos y quédate en casa.

¿Nada más?- y ¿Qué más quieres?, no hay soluciones mágicas, esas sólo están en nuestra imaginación. Y mientras ideamos cómo vencer el caos, lo mejor es hacer lo que como especie, naturalmente sabemos hacer, refugiarnos.

A veces me río de aquellos que, antes de todo esto, levantaban la bandera de "volver a los orígenes" distorsionando el mensaje para criticar al Desarrollo. Bueno, ¿Qué mejor regreso que volver a nuestros instintos más primigenios?, < Comer, Dormir, Refugiarnos, Reproducirnos, y Crear >.

Es evidente que la respuesta no es volver a nuestros orígenes, sino construir un mejor mañana cada día, sabiendo de dónde venimos.

Lávate las manos

...(pero que tu mano izquierda no vea lo que hace la derecha. Mateo 6:3).

La mejor medida ante el virus es la de lavarse las manos, sin duda que todos somos expertos en esto, y si no, está el video que sale en las redes cada cinco segundos con la pintura negra y los guantes, y que nos enseña a cómo restregar nuestras palmas.

Pero hay algunos que se están volviendo expertos, o a lo mejor ya lo eran, en esto de lavarse las manos ante la adversidad.

"Yo me lavo las manos" "Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la gente diciendo: 'Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis'". (Mateo 27:24).
Y no, no me refiero a los políticos. Ellos tienen todos (no importa el país, ni el año en que lea esto) una maestría en frotarse los dedos (ya sea por codicia, o por escapar del tumulto).

Me refiero a los de a pié. ¿Cómo?, seguro se estará preguntando. ¿Qué me vienes a decir? Sí, hay cientos o miles que se saben lavar muy bien las manos frente a la adversidad. Como aquellos que van en dos coches separados al mercado a comprar cerveza, se hablan en la cola de muchos que necesitan repostar alimentos en sus casas, dejan pasar a mayores "porque son prioridad",  pero luego salen sólo con cerveza y se suben a sus coches. Vamos, mejor lavada de manos, la de Pilato.

"Nadie se va a enterar si me monto "el picoteo" con el vecino en la terraza del edificio, total ni música tenemos. Y es que esto del confinamiento es << Inaguantable >>", No sé cómo medir lo inaguantable, pero en la escala, perder a un ser querido sano por un virus, sin poder despedirse, ni hablar con él antes de morir, entra en el tope. Y todo lo demás son excusas para... lavarse las manos.

"¿Qué hago con los críos en casa? (pregunta desde el minuto 0), ¡esto es inaguantable, dales las tablets!", y allí van los niños todo el día con la cara pegada a la tableta... No soy padre, espero serlo, pero cuando lo sea espero también estar 100% listo para disfrutar a plenitud de mis hijos y  tener un plan para que nunca sean una carga. El confinamiento es un tiempo de oro para disfrutarlos, y cualquier otra cosa es... lavarse las manos.

"Me metí en las redes sociales desde la mañana, y compartí cuánto link vi sobre el virus. TODO, hay que decirlo TODO, con eso ya he hecho bastante por todo esto". No hay mucho más que agregar, ¡denle la toalla!

"Vi a alguien salir de casa, y le grité con todo lo que podía. Soy la policía del barrio, alguien tiene que traer la ley y el orden. Y al médico ese del primero, ya le dejé un ultimatum, 48 hora para irse del pueblo". (splash, spalsh, splash).

Pero por un segundo, allí en el balcón, en la inmensidad de la ventana, en la plenitud del color marrón de la taza de café, hay una voz que te dice: "Sé que puedo hacer más en todo esto".

¿Y qué tal si dejamos de lavarnos las manos?- como Pilato.

 Y empezamos a escuchar nuestro propio silencio, a oír lo que pareciera no tener voz, nuestra casa, nuestro entorno. Y a encontrar ese lugar justo en el que seremos más útiles y felices, (como lo han hecho algunos futbolistas, que ahora cocinan).

El mejor ejemplo es el de los músicos. Ellos sí que saben escuchar y llevar los tiempos. Entienden que con su maestría pueden hacer lo que mejor saben hacer, poner música a la vida, darle poesía a la humanidad para enfrentar la calamidad. (Sí, como los del Titanic, ya, ya, ya...) No hay profesión más útil durante esta pandemia, después de los médicos, que los músicos.

No tenemos que hacer grandes cosas, yo por ejemplo hice hoy lo que creo que mejor se me da en mi poco tiempo libre, escribirte en este blog y dejar de lavarme las manos (sólo por esté post).

¿Quieres contarme tu historia?, ¿Se te ocurren más lavadas de manos? O entró en ti el alma "millennials" del resentimiento por mis alegatos. Adelante, ¡hablemos!









viernes, 16 de marzo de 2018

Reflexiones post febriles




Ayer caí en una fiebre desesperada y roñosa, una temperatura elevada en el corazón. La bacteria del TBT, de traer cosas del pasado, atacó sin piedad mi alma, para que reflexionara, hiciera ese ejercicio pérfido de pensar, que tanto ha costado a varios hombres en la historia.

Del pasado me traje al presente mi vida no tan reciente, esa de cuando era un joven recién graduado de la universidad de los jesuitas en Venezuela. De cuando mi padre a duras penas me daba el empujón a las 6 de la mañana en su viejo Chevrolet, porque perdía el aventón de alguna de mis amistades. Y mientras rodábamos por la autopista Francisco Fajardo, veía inerte, el cúmulo de ladrillos rojos cargados de pobreza.

Hacía tiempo que yo sabía que tanto olvido, tanto desprecio, tantos deseos de que no existiera esta parte de la ciudad, del país, le iba a terminar pasando cuenta a todos. Mi mirada nunca pudo, ni podrá, estar lejos de los que menos tienen. Y saber que, de una u otra forma, de esa masa de ladrillos caraqueños saldría una respuesta, era sólo cuestión de tiempo esperarla.

Yo pensé que saldría algo mejor, creí que la pobreza permitía la redención, y que el odio incubado en el alma de los que eran mis iguales hacia esa gente que afeaba a la Caracas pujante, era sólo posible de este lado.

Pero no era así, que tamaño de rencor se puede gestar en la mente del que nada tiene, ni teme. Este odio sólo parió engendros, deformidades que llevan en sus dobladas jorobas sacos llenos de miseria y penuria. Ideas bárbaras llenas de resentimiento.

Hoy caminan miles, millones, por las calles de Venezuela y el mundo, cargando con la culpa de parir esas criaturas y darles rienda suelta, como demonios en un jardín virginal.

Pero no fueron ellas, realmente la penuria fue la que nos venció. Aprendimos a vivir bajo el agua durante más de una década. Ahogados por la demagogia y el palabrerío atado al pasado, pero sin un futuro sólido. Pero aprender conlleva acostumbrarse.  

Nos graduamos con honores en una carrera contra nosotros mismos, sacamos postgrados en desconfianza. En el mundo tenemos tarjeta de presentación. ¡Ser venezolano es muy arrecho!

Tan poco conocido es el concepto de arrecho para el resto de mundo, como lo es todo lo que pasamos. Lo que nos ha redefinido estos últimos 20 años.
              
De joven siempre soñaba con el momento en que podría pisar la tierra de mis padres y mis abuelos. Sus historias me invitaban a cerrar un círculo que se había abierto por hambre, deseos de saciar el estómago y el alma, los hizo montarse en un barco y salir de su comodidad, para no querer volver a ella.

Yo quería decir gracias, conocer el suelo que les vio nacer y que se nos era transmitido en cada tradición, cada canción con timple, cada mojito con papas y gofio.

Nunca imaginé que me tocaría repetir su historia, pero con el aderezo de tener dos nacionalidades y no poder sentirme parte por completo de ninguna de las dos. Porque la nacionalidad no es solamente un derecho, es un sentimiento. Y una de ellas tiene demasiados recuerdos amargos, y la otra es aún muy ajena como para poder quererla.

¡Qué cantidad de cosas sacamos en las maletas!, la carrera y los putos 20 kilos no permitieron que todo lo que nos definía cupiera, pero hay espacios infinitos, lugares secretos en los que embojotamos sentimientos y recuerdos, como cuando nos caía el aguacero de golpe en Caracas, y salíamos corriendo a hacer una bola de ropa con lo que había en la cuerda, para que no se mojara. Una maraña de tela que aprieta fuerte el pecho, y que tardará años en desatarse.

Entre lo que sacamos estoy seguro que hay más de una historia muy personal de traición. De la cual hemos aprendido el valor de ser fieles, no con otros sino con nosotros mismos. Porque el que traiciona da asco, no por hacerle daño al otro, sino por desvirtuar lo que es él mismo, llevarse por el medio todo lo que expresó que quería, todo lo que le dio valor, y por ende sentido.

Sí, traicionar a otro es un sinsentido. A la par aprendimos a ser desconfiados, porque venimos entrenados para que nadie nos sorprenda, esperar nada de nadie suele ser mejor, y menos doloroso.

La fiebre no me baja después de 24 horas, sigo sudando por el calor del dolor y la tristeza de ver que el mundo se mueve a rincones más injustos cada día. Que el sentido común y el uso de la razón pierden terreno a tajadas por los sádicos mordiscos del populismo más salvaje y auténtico.

Ese mismo populismo que nos mordió la vida y la arrancó de tajo hace más de una década. Que mató a unos pocos, y que permitió que sus supervivientes tengan hoy una marca indeleble de haberle sobrevivido con inteligencia, con audacia. Con un “No compatriota, ¿cómo cree que me iría del país?” al Guardia Nacional en el aeropuerto, mientras los intestinos se revolvían entre querer vomitarle todo lo que pensabas y el miedo de que te retuvieran lo suficiente como para que tu única salida se elevara en el aire, y te condenaras a una prisión de más de 916 mil kilómetros cuadrados, y millones de historias depresivas.

Un segundo para suspirar, en el suspiro darle la vuelta en fotogramas a todo lo que conociste y que nunca volverá a ser igual. Una inflexión que sirva como un punto y aparte en tu historia personal.

La fiebre baja, pero no pasa.     

jueves, 1 de febrero de 2018

Yo quiero apostar a lo que siempre fuimos…


Foto: Shauki Expósito / Pico Bolívar 2007.

Soy un hombre de guardar, siempre me ha gustado conservar. Creo en el buen sabor de los recuerdos, y que son ellos quienes nos escoltan al final de este puente entre eternidades.

Tengo varios años viendo como una tormenta le da vueltas a todo aquello que conocía como “ser venezolano”. Y sin ánimo de juzgar lo que está bien o está mal, tengo claras intenciones de aferrarme, de nuevo, a mis recuerdos.

Hay personas que con una mirada enloquecida me responden que sólo eso podré tener, recuerdos, porque más nunca volverán esos tiempos. Yo me río, porque no saben el poder que tienen los recuerdos. Recordar es mantener algo vivo.

Yo quiero mantener vivo al buen venezolano, aquél que alguna vez tuvo la ilusión de querer un mejor país, que confió en cambiar las cosas porque merecía algo mejor. Ese que ya venía quebrado desde hace tiempo tanto moral, social y económicamente y se detuvo en 1998.

Desde allí, todo lo que viene es una suerte de desdibujo, descomposición, desconstrucción de todo lo que significaba ser venezolano.

A veces creo que cargar la bandera, cantar tanto el himno, y tatuarse los símbolos sólo han sido reflejos de mostrar lo que estábamos perdiendo, nuestra verdadera identidad.

No reconozco en el presente nada de aquellos tiempos de mis abuelos trabajadores, de mi país amable y digno, de mi gente fuerte y valiente. Divertida y con sonrisas hasta en los peores momentos. Esa gente se ha desvanecido, con todos sus sueños e ilusiones.

Yo sabía que algún día me tocaría salir de Venezuela, estaba en mi ADN querer salir a recorrer el mundo entero, hacer de otras ciudades mis segundas casas, era parte de mi sueño. Pero pensaba que siempre tendría un lugar al que podía llamar mi casa. Mi hogar verdadero, mi bella Caracas.

Pero mi ciudad de techos rojos, mi ciudad educada, pujante, eléctrica y dinámica, aquella que siempre se mostraba como la mejor de todo el continente, se volvió gris, y se degradó. Se disolvió en la tristeza.

Cada vez que pienso en esto con tristeza, me viene aquella cita histórica que versaba más o menos “Haré que todos olviden tu nombre, y la de los tuyos, y tu historia para siempre, así dejarás de existir”. Y entonces sé que mi mayor tesoro es mi recuerdo.

Caracas yo te recuerdo con amor, en la vigilia de volver a tenerte, pujante, así sea a lo lejos, pero que vuelvas a ser la Caracas que anhelo…


Entonces me atrevo, y a la frase de Gandhi “Podrán golpearme, romperme los huesos, matarme, tendrán mi cadáver, pero no mi obediencia” le agregaría, ni mis recuerdos...

jueves, 1 de junio de 2017

¿Por qué Frodo vuelve a la Comarca?: Para un inmigrante casi nunca hay vuelta atrás

La Comarca

Es tal vez la historia de J.R.R Tolkien que más popularidad tiene en la actualidad, la aventura del pequeño mediano que sale a cambiar el mundo con su mínima y frágil figura de antihéroe nos invita a reflexionar de diferentes formas, cuando ya se acerca a sus 80 años de haber comenzado a ser escrita.

Hoy quiero dedicarme a pensar y compartir con ustedes esa visión del Frodo que emigra.

Frodo es un inmigrante  

Tal vez nunca se han detenido a pensar en esta idea, pero Frodo es un inmigrante visto desde el reino de los Peredhil. Y no un inmigrante cualquiera, fue balsero, indocumentado, tratado como clandestino con un ingreso no previsto, pero con la protección que le daba el siempre buen Gandalf bajo el pretexto de la adversidad.

Pero Frodo siempre fue un inmigrante. Un ajeno a las normas de los Elfos, de los Humanos, de los Enanos o los mismos primos grises Sindar de Elrond. Pero un inmigrante aún más extraño. Porque todos los demás son comunes a verse. Es frecuente que se encuentren, pero Frodo y su escolta llaman la atención porque no son habituales.

De toda la trama de J.R.R Tolkien, creo que lo más fantástico es que Frodo regrese a la Comarca como si nada. ¿Por qué tenía necesidad Tolkien de hacer regresar a Frodo a su vida normal? Sin duda está explicado en el contexto de su historia como hombre.

Para los que hemos emigrado por distintas razones, que Frodo regrese es de alguna forma un alivio y una necesidad satisfecha, implica que la vida que siempre amamos está allí esperándonos. Cuando la realidad, que pareciera estar escrita por un Trasgo, siempre nos demuestra que no es así. Que aquellos que recordamos y anhelamos como nuestro pasado más hermoso, lo que nos formó y nos dio oportunidad de tener conciencia y de ser, dejó de existir, o se transformó de tal manera que se distorsionó, y probablemente para siempre.

Por más anillos que llevemos al mismo fondo de Orodruin, tenemos más oportunidad de volvernos un Golum de mirada dispersa y comportamiento obsesivo que ser un impecable y sereno Bilbo en el momento de su retiro si no somos capaces de superar el duelo del que formamos parte.

Saludos, amigos de la Comarca.

martes, 12 de abril de 2016

El compromiso de la felicidad




Son muchas las formas de ser feliz, o de creer serlo, y animarse a invocar a los cuatro vientos la felicidad para otros, con caminos decorados por libros, esencias, consejos y rituales que, cual alquimia, vuelven lo amargo en dulce.

Hay personas que encuentran placer en la búsqueda hacia la felicidad, y otros que afirman que se es feliz cuando se hace lo que realmente “place”. Y si de las vías hacia la felicidad habláramos no terminaría este post.

De todos los caminos me veo atraído por el más sencillo, y no el más simple, que reconoce a la felicidad como una opción o modo, y no una acción.

Pero este camino encierra un compromiso, un pacto consigo mismo.

De la envidia y la felicidad
Para mí no hay forma de volverse feliz, no hay camino. Se es feliz y ya, o no se es. Y es una clara elección en la vida que se puede aplicar para todo.

Hay personas que son felices con sus empleos y otras no, de ellas las hay felices con lo que hacen aunque no sea lo que les apasiona (aunque pocas) y la mayoría felices con lo que siempre han querido hacer. Y hay quienes infelices con sus dones, hacen las cosas para las que nacieron de forma infeliz.

La ignorancia te hace feliz
Sin duda que una forma magistral de ser feliz es a través de la ignorancia, pues el desconocer sobre un tema te exime de cualquier preocupación, así pues es feliz el niño que desconoce la pobreza de su hogar, como lo es el que desconoce el peso que representa la riqueza en el suyo.

¿Entonces el conocimiento es infeliz?, si conoces para ser feliz, no. Hay quien elige ser infeliz hasta cuando aprende. Y aprende desde el dolor, cree que el conocimiento es un peso, y conlleva sufrimiento. Hay sociedades completas montadas sobre este argumento. Inserte usted los ejemplos.

Sobre el dolor del conocimiento ya se ven luces en El nombre de la rosa de Umberto Eco.

El peligro que se corre cuando la felicidad proviene de la ignorancia, por encima de cualquier otro camino para conseguirla, es que te invita a ser un sujeto manipulable, que lejos de tener una crítica posición sobre ciertos temas que te hagan feliz; te hacen ser feliz, mientras otros deciden tu suerte.

Muchos murieron de hambre en la edad media, felices porque iban al encuentro con Dios, desconociendo que morían porque había manos humanas detrás decidiendo lo que debía pasar en sus vidas.

Muchos mueren hoy, en la feliz ignorancia del placer de malgastar su tiempo de vida disfrutando del entretenimiento que les permite la tecnología, y un mundo efectista, mientras otros deciden qué hacer con sus vidas.  

sábado, 9 de enero de 2016

Mi botiquín de primeros auxilios emocional

Botiquín de primeros auxilios emocional

No les he hablado sobre mi botiquín de primeros auxilios emocional. Y creo que es buen momento para hacerlo.

Hace unos meses decidí emprender un viaje, dejé mi zona de confort y abandoné mi casa, mi calle, mi barrio, mi país, mi continente, y me vine a nuevas tierras, a probar suerte.

Como todo aventurero, he tenido días duros y nobles, todos con aprendizajes muy valiosos. En los días más complejos recurro a parte de mi botiquín de primeros auxilios emocional.

Al igual que cuando nos herimos contamos con un pequeño estuche con elementos de emergencia para detener el dolor, el sangrado, cubrir una herida y desinfectar. Yo tengo uno pero para las heridas del alma.

Son muchas las heridas que en una aventura se pueden producir. En tu cabeza y en tu corazón pueden abrirse y comenzar a doler, sangrar y hasta infectarse de muy malas energías.

Recuerda, eres los pensamientos que siembras, si en tu mente cultivas ideas negativas serás un nudo de problemas, si siembras en positivo recogerás tesoros valiosos.

Para curar mis heridas este botiquín de primeros auxilios emocional está compuesto por varios elementos. Primero una camisa de mi esposa con su perfume, que me recuerda la razón principal por la que lucho, mi familia. Segundo un buen dísco de Fito Páez, una conexión musical con mis mejores momentos de vida en Caracas, Tercero mis acuarelas y papel para pintar. Cuarto, un paquete de cinco libros que NUNCA conseguiría en Barcelona (editoriales venezolanas).  Quinto, foto de cada uno de mis maestros de vida, esas personas que ya no están vivas y a las que puedes hablarle a las fotos. Sexto, cinco cartas de personas a las que le cambiaste la vida y te agradecieron. Séptimo, unos collares regalados. Octavo, las tarjetitas de santos que me regaló mi abuela, mi cuñada, y mi mamá. Noveno, una foto de mi familia. Décimo, un detalle que me recuerda cada viaje que he hecho dentro de Venezuela y fuera. Onceavo, una insignia de mis equipos deportivos, aquellos por los que grité con furor.

Este botiquín lo puedes armar tu con ajustes a tu medida, pero lo importante es que siempre te cure. Tal cual como lo hace el que usas para el cuerpo.

Recuerda, en las emergencias, incluyendo las emocionales, es mejor siempre estar preparado.

¡Hasta una próxima oportunidad!  

viernes, 14 de noviembre de 2014

El desgaste del deseo…

El deseo desgasta


Las cosas que hemos inventado para facilitar nuestra vida se desgastan con el tiempo, en una curva que todos bien conocemos. ¡Es la naturaleza de la vida! aseguramos, tenemos que nacer, crecer, reproducirnos y morir; y así pasa con todas las cosas que creamos.

Seguramente, ustedes que leen han sido expertos en esto de la curva de la vida, nuestro trabajo y nuestra existencia se rigen por ella. Y como ustedes bien saben lo ideal es prolongar en el tiempo aquel instante en el que nuestra curva de existencia se encuentra en el momento más espléndido, porque luego de ello viene la depreciación, comenzamos a decaer, entramos en caos, se aproxima la desaparición.

Hay quienes, no teniendo la capacidad de saber cuando es su momento más espléndido, prefieren vivir la vida al máximo, consumiéndose como un cometa. Otros tienen esa habilidad de planificarse, y logran hasta calcular el momento de su fin.

Pero ninguno toma en cuenta un factor importante que afecta el tiempo de la existencia misma de las cosas. Es el deseo.

Claro, no lo vemos porque forma parte de nosotros, es la enfermedad que no queremos saber que existe. Pero que tarde o temprano nos consume.

El deseo corroe, deseamos sin parar y eso desvanece las cosas… Deseamos tener carro, tener casa, tener cosas, sin pensar en las consecuencias de lo que deseamos.

El problema es que el efecto del deseo individual es para todos. Deseamos tener cosas que nos simplifiquen la vida a costa del desgaste del Planeta, deseamos cosas del prójimo a costa de su propia felicidad.

El deseo desintegra todo a  su paso, lo añeja y vuelve polvo. Es por ello que textos sagrados en la mayoría de las religiones lo condenan. Porque el deseo es el camino más próximo a la extinción.

El deseo, ese que usted posee, de alcanzar cosas, a lo mejor lo ve sanamente porque no ha perjudicado a nadie, pero lo que usted no sabe es que le ha empezado a oxidar el alma, la mente, secándolo como una pasa, como una ciruela confitada.

Usted dirá, entonces ¿qué sentido tiene la vida sin deseo?, ese es un buen punto de partida para darle otro sentido a su vida, por ejemplo una existencia de servicio, o de contemplación del mundo. Existen cientos de caminos menos desgastantes que el del deseo.

El deseo es tan penetrante que, seguramente cuando a usted le preguntan quién es, responde desde sus deseos y no desde sus cimientos.

¿Quién es usted?, un reconocido abogado, un exitoso médico, un multimillonario empresario, un poderoso político. ¿Seguro?

El deseo recorta el tiempo de nuestra existencia, porque nos consume, como consume a las cosas.


Deseé una casa aunque para ello tuviese que dejar sin techo a cientos, deseé comer lo que estaba en el plato de otro aunque para ello tuviese que levantarlo y dejarlo sin comer, deseé tener un carro aunque para ello tuviera que contaminar el aire de nuestros hijos, deseé tener poder aunque para ello tuviera que pisarte…

viernes, 28 de marzo de 2014

Una abuela ejemplar



Vas flotando por Instagram en búsqueda de cosas agradables e inspiradoras sobre que postear y de repente te encuentras con la historia de Betty.


Betty es la graciosa abuelita de Zach Belden, un joven de Louisville, Kentucky, que tiene una estrecha relación con ella.

La abuelita divertida tiene una cuenta en Instagram donde Zack sube todos sus videos y fotos, su usuario es @grandmabetty33

Claro subir fotos y videos de tu abuela de 80 años podría considerarse un abuso, pero el caso es que Zach lo hace porque su abuela fue diagnosticada con cáncer de pulmón, una noticia difícil de asumir para la familia.

El joven decidió guardar para él, y todos los suyos, fotos y videos de su abuela en sus momentos más geniales. Lo que al principio comenzó como una iniciativa familiar hoy recoge el interés de más de 460 mil seguidores.

Ahora la abuela, quien es una divertida luchadora contra una enfermedad difícil de afrontar, revisa el Instagram con su nieto, comparte inquietudes y lee mensajes de apoyo que recibe.

Se ha tomado fotos, videos, y ha tomado carteles con mensajes muy positivos. Ella a través de la red social ha sensibilizado a la gente, en especial sobre la actitud que se puede asumir cuando el panorama no pinta alentador.


Es tal la admiración y adoración que despierta la abuelita, que una agencia de diseño le ha regalado su propio logo, producto de los gestos que suele hacer en sus fotos.

Todo un ejemplo de filosofía de vida y de lucha.

martes, 18 de marzo de 2014

El arte del desprendimiento

Foto galería de la gente con sus posesiones. Autor: Huang Qingjun.


Hoy llegué a comprar una empanada (pastel) y pedí de carne molida - un señor que seguía en la cola pidió una igual y le dijeron "ya no quedan", el señor preguntó si no salían más, ya que no podía comer queso, entonces no tardé en decirle a la señora "dele la mía de carne molida y póngame de queso"... fue medio minuto de silencio muy largo, el señor me miraba atónito y cuando pudo hablar sólo alcanzó a decir: "no tienes por qué molestarte, gracias", le dije: "para mi no es molestia". 

Gula de los sentidos

Estamos amarrados a uno de nuestros peores pecados, el de la gula. No por la comida, sino por satisfacer a nuestros insaciables sentidos con cosas y más cosas. Bajo el principio de "todo debe ser mío, lo merezco".

Hay aún más valientes entre los arriesgados a justificar esta gula perversa, que se atreven a decir que es una ley del Universo el hecho de merecer todo por ser los hijos predilectos de Dios en su creación. Algunos se inspiran en una mala revisión de los fundamentos del Thao ó de Leyes Universales como la de la atracción.

Realmente no entendemos los hilos que mueven el Universo, para suerte de éste, esa incomprensión nos aproxima de forma errada a él y los beneficios de estar contenidos en su jarra infinita.

No nos merecemos todo

Es mentira, NO nos merecemos todo, aunque seamos la creación predilecta de Dios, porque nos hizo con voluntad y amor, no nos da mérito para apoderarnos de todo. Realmente no somos dueños de nada.

Les coloco el siguiente ejemplo: Luis TIENE carro, casa, muebles caros, su PS4, dos PC y Wifi,  esposa, un hijo y un perro. Sería una lista que pudiéramos hacer, y que como el fotógrafo dueño de la imagen de este post, podríamos atrevernos a fotografiar con exactitud.

Realmente nada de lo que Luis enumera como suyo, lo es. Cuando Luis muera el que creía que era su carro, pasará a ser de otro, su casa será vendida, alquilada o demolida. Sus caros muebles serán reconvertidos en otros o pasarán a un basurero. Su PS4 seguramente será obsoleto y estará en la basura. Sus PC las habrán usado sus hijos, en el mejor caso, y luego terminarán desarmadas o como desperdicio. Su esposa, al ser vista como una posesión, de seguro que duraría muy poco con él, y más por el miedo que por decisión propia. Su hijo seguro crecerá, se irá de casa y fundará su hogar, siguiendo el ejemplo de su padre, abandonándolo para conseguir sus propias cosas. Al final del camino tal vez el perro de Luis, su verdadero buen amigo, le lloré en su ausencia y muera de tristeza a su lado, si no es regalado o dejado en el abandono.

Esta pequeña historia revela que no somos dueños de absolutamente nada en el Universo, más que de nuestra propia alma y voluntad. Y es allí donde radica el secreto de todo.

Nuestra voluntad y alma nos permiten expresarnos en el mundo, y ver y hacer la vida de una forma. Cuando nuestra alma lucha con su voluntad por algo, cualquier cosa que se desee, el Universo premia ese sacrificio con la obtención de lo anhelado. Esto es una regla universal, simple y pura.

Pero esta lucha implica el sacrificio. Tenemos que desprendernos dolorosamente del pasado, soltar las ataduras de lo imposible o lo que no fue, para poder conseguir lo que anhelamos.

Convivir en el Universo

Cada filosofía tiene su acercamiento para llevar a las personas a la comprensión de su posición adentro del Universo y el conocimiento de las herramientas para atraer cosas formidables a su vida. Así pues, los Católicos hablan de la caridad, los Judíos del ayuno y el ayudar a sus hermanos, los Musulmanes del sacrificio, los taoístas del camino, los budistas de la paz, los masones de las leyes  universales de la construcción, entre otros.

Nuestra sociedad nos exige, demanda a gritos, aprender a sacrificarnos con piedad y devoción para que otros, nuestros hermanos, disfruten de beneficios. Ese sacrificio no debe esperar nada a cambio, pero sin duda es un paso constante hacia el desprendimiento que acerca de forma contundente a nuestras vidas las cosas que anhelamos.

Por mi parte disfruté de una sabrosa y jugosa empanada de queso, con la satisfacción de saber que alguien más comió gracias a mi sacrificio.














  

viernes, 13 de septiembre de 2013

Amigo, ¡corra!, ¡usted se está matando!



Si va a comenzar a leer este post puede colocar la canción de Pink Floyd “The Wall”.

Levantarse casi de madrugada porque tiene que preparar todo lo del día, la comida, desayunar, vestirse según las exigencias, apurarse, ¡apurarse!

Salir a darse trompadas con la otra gente que anda como usted, apurado, tratando de ganar una lucha contra el inclemente reloj que avanza, ¡corra! Que puede llegar 10 minutos tarde… Y entonces…

Si llega 10 minutos tarde puede ser que lo amonesten, o que lo boten, además todos los demás ya corrieron su maratón para llegar a la prisión, perdón, a la oficina… ¡Corra y siga leyendo! 

Claro, porque usted debe leer, ver su teléfono, revisar Twitter y Facebook mientras se pega con espaldas ajenas, a la par que su rostro se frunce, los músculos se tensan, porque su cuerpo entiende que está en medio de una guerra.

La terrible guerra de la mal llamada “productividad”.

Algunos mitos

En las sociedades occidentales se ha creado la falsa ilusión de que llegar más temprano y a una hora en específico hará que el trabajo colectivo sea más productivo. Seguramente esto tiene sus orígenes en algunas escuelas positivistas de la cultura organizacional que establecieron los principios del horario y la productividad hora/hombre.

Les invito a apasionarse en la lectura de la cantidad de patologías psicológicas, emocionales y físicas que se han originado en el nombre después de la Revolución Industrial.

Coloqué el tema de Pink Floyd porque de cierta forma está identificado de una tendencia anti industrial que marcó buena parte del siglo XIX y XX, algunos hombres culpaban a las máquinas de los problemas que estaban sufriendo, pero la culpa nunca es de la tecnología, sino de quien la produce y las normas que coloca.

Esas escuelas basaron sus principios en la “productividad” un concepto que desde mi punto de vista ha arrojado demasiada basura al mundo para lo poco que ha aportado.

Productividad es la causante de el exceso de contaminación en el Planeta, a la par es la primera responsable en la desviación de las conductas del hombre, y su ruptura con el mundo real.

En occidente productividad tiene que ver con cantidad: de horas invertidas, de máquinas trabajando, de productos elaborados, de dinero producido.

Pero nadie de esas escuelas pensó en las consecuencias que traía la productividad, muy apasionados del pensamiento positivista, no midieron otros aspectos que, en sumatoria, hacen de la productividad un ridículo espectáculo que caduca.

Usted no sería capaz de correr un maratón hoy, evidentemente si lo hace llegaría detrás o sobre la ambulancia, para un maratón la gente debe prepararse.

Pues resulta que usted pasa 18 años de su vida (en América esto no aplica, pues los niños deben salir a producir) y de sopetón le mandan a correr el maratón.

Consecuencias

Usted está yendo contra su naturaleza, nuestro organismo está diseñado fisionómica y orgánicamente para recibir “puntuales momentos de estrés”, piense que es un tigre, tiene capacidad para gastar su energía puntualmente en conseguir comida, luego debe reposar.

La mayoría de los animales tienen este sistema de “gastar energía puntualmente”, por una cuestión de salud y de verdadera productividad.

El concepto de productividad no se asocia con cantidad sino con focalización, “estar en el foco, dar en la diana”.

Evidentemente, esta carrera contra su naturaleza le trae consecuencias a la vida humana incalculables.

Como son tan grandes voy a comenzar a explicarlas desde lo particular y hacia lo global.

En usted el organismo comienza a generar dos venenosos factores, productores de múltiples enfermedades emocionales y físicas: la ansiedad y la angustia.

Ambas raíces de la depresión, y la frustración, que son pasos progresivos hacia la neurosis y la psicosis.

Su cuerpo no se comporta racionalmente ante lo que usted le somete, basta con leer el aumento de enfermedades mentales y emocionales que se ha suscitado en los últimos dos siglos. 

La locura es un trastorno complicado, existe desde la antigüedad, pero sin duda en la sociedad moderna se llega más rápido a este estado, y son más los casos.

Físicamente también se dan enfermedades producto de todo esto, si bien en los anales de la historia se tiene conocimiento de estados de locura antes de la revolución industrial, lo que no se tiene es registro de patologías colectivas tan mortales como el cáncer.
Desde mi punto de vista, viendo a amigos y conocidos que han padecido la enfermedad, y que en teoría son “sanos” y no tienen “vicios”, debo atribuir su enfermedad a la forma en que llevan sus vidas, encajada en lo que he explicado arriba.

Es sencillo, usted se está matando todos los días, y esto es literal.

Socialmente comenzamos a producir espacios para la violencia, la competitividad mal sana, lo que genera: envidia, odio, crímenes, y mayor cantidad de estrés.

Sume que va tarde a su trabajo a que pelea con alguien en el metro a diario, y ya tiene el caldo de cultivo para cualquier patología.

Hay entre todas estas enfermedades una que me llama la atención, la necesidad de estar pendiente de la vida ajena. Es para mi esto una patología con claros síntomas y patrones.

Estas personas que viven pendientes de “lo que el otro hace” están enfermas, y deben recibir tratamiento, porque se vuelven realmente improductivas, frustradas, y terminan siendo verdaderos estorbos en las organizaciones.

En lo global, tenemos sociedades divididas, poco claras, cansadas y resistentes a los cambios y a emprender con motivación ideas nuevas.

Producimos contaminación, gastamos nuestra vida, nos enfermamos, morimos, matamos por producir cosas que duran días y terminan contaminando el planeta por siglos.

En este proceso afectamos a las familias, criamos hijos abandonados y débiles emocionalmente, hemos dejado que el hogar se contamine como lo está nuestro trabajo.

La gente busca drenar todo el estrés de alguna forma, de allí que los últimos dos siglos hayan sido los más bélicos de la historia humana.

¿Por qué no cambiar?

Nuestros jefes han crecido en este ambiente, y los jefes de ellos también lo hicieron, para ser exactos son como 200 generaciones bajo este ambiente.

Nuestros jefes viven del miedo, porque sus cabezas y sus negocios “dependen” según ellos creen, de que usted llegue a tiempo, cumpla, haga, y si no lo hace hay que cambiarlo rápido, como el tornillo de una máquina que falla.

A su jefe le interesa que usted se siente, y haga “lo que debe hacer”, lo que pasa es que si usted hiciera lo que debe hacer no estaría allí sentado. Y su jefe lo sabe, por eso busca la forma de recompensarlo para que usted someta su vida a lo que él también hizo.

A un jefe no le interesa que su empleado se vuelva emprendedor, porque tendría que dejarlo de ver como jefe para verlo como igual, y eso es competencia.

Por eso, mientras más ideas usted tenga, más trabajo le será asignado, porque usted es “bueno” mientras esté del lado de su jefe y a su cargo.

Intente usted propiciar un negocio propio mientras trabaja con su jefe y verá como esto se vuelve un problema, que hay que solucionar con su despido.

Y su jefe no tiene la culpa, el responde al ritmo de una sociedad que tiene 200 años enferma.

En conclusión, si a usted no lo mata el “trabajo productivo occidental” y sus consecuencias, puede que termine reuniendo dinero para retirarse a una casa de campo cerca de un río y pescar para tratar de descansar sus últimos años de vida, sin darse cuenta que hubiera podido pasar toda su vida pescando y siendo feliz.