Mostrando entradas con la etiqueta impulsos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta impulsos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de junio de 2013

El no hacer como acción saludable




¿Cuántas veces has actuado apresuradamente ante una situación en la vida?, estarás en este momento disparando cientos de imágenes del pasado reciente que recuerdas y las cuales hasta de forma vergonzosa hubieras preferido que nunca ocurrieran.

¿Cuántas veces has huido de un espacio, lugar o momento que merecías disfrutar?, igualmente debes estar pensando en muchas situaciones.

¿Cuántas veces te has dejado apoderar por un impulso destructor o de ira y has dicho o hecho cosas tan terribles que hubieras preferido evitarlas?

Aunque no lo creas la respuesta a todo esto es sencilla de escribir y muy difícil de practicar, la herramienta para evitar estos momentos consiste en el “no hacer”.

La práctica del no haré

Es una cuestión de ejercicio, para poder acondicionar a la mente a este principio tan desarrollado por el Thao y por creencias como el Budismo.

Una buena representación del beneficio de aplicar esta técnica de forma práctica nos la demostraría la hipotética situación de un buzo que se quedara de pronto sin aire a unos cuantos metros de profundidad.

Si actuara impulsado por sus miedos, se desesperaría y comenzaría a malgastar su aire y moriría ahogado, y si se molestara se hundiría y dejaría morir de la rabia. En ambos casos el destino sería el mismo.

Si no actuara tuviera unos segundos para tomar el control de la situación, analizarla desde otra perspectiva y buscar una solución que, a lo mejor, le permitiría salir de un problema que compromete su vida.

En eso consiste en Actuar No Actuando, no quiere decir que te quedes sentado a esperar que todo pase, se refiere a no hacer nada que rompa el equilibrio entre tu alma, tu cuerpo, tu mente y el Universo.

Recuerda que no podemos decidir qué nos pasará mañana, más si tenemos el poder de decidir como actuar ante lo que nos pasa.    

miércoles, 6 de marzo de 2013

El viaje hacia la trascendencia



Existe dos tipos de impulsos, uno que tiende a extinguirse a sí mismo porque no conoce de otras fronteras más que las de su propio ser, frente a otro que es capaz de ubicarse en espacios más allá de su existencia, uno tiende a desaparecer y otro a ser eterno.

El yo inmaduro emocional
El yo inmaduro es aquél que denomino el impulso egoísta y egocéntrico, ese que es capaz de ser inoportuno e hiriente, porque no comprende más que su propia realidad, sus necesidades, su visión, y lo que a él le conviene.

Es un yo que traduce todas las cuestiones del día a día desde una visión personal y genera actividad mental desde allí, se molesta porque un mesero tarda mucho con su comida y no cuestiona el por qué podría estarse tardando. Es un pensamiento incapaz de, como dicen los abuelos, “incapaz de ponerse en los zapatos de los demás.”

El yo inmaduro no sabe de momentos, es como un niño eterno en su peor faceta, quiere todo para sí sin pensar en las consecuencias que podría traerle su incontrolable deseo. Se siente vacío y desprotegido cuando no consigue lo que ansía.

El yo inmaduro no reconoce sentimientos que no le sean propios, carece de tacto para con los demás, no entiende el duelo ni la tristeza ajena.

Para nada el yo inmaduro está relacionado con una capacidad estructurada del pensamiento, aunque sin duda puede afectar la forma lógica en que se estructura la mente. Podemos encontrar personas muy inteligentes y capaces pero emocionalmente discapacitadas.

Es este estado egocentrista el mayor productor de las diferencias, rupturas, fracasos y guerras que podría enumerar en la humanidad.

Se cree simpático y en onda mientras encuentra en similares un identificador común que le mueva, pero cuando se ve solo se siente acorralado y tiende a huir, deprimirse y encerrarse.

No tiene la habilidad de reconocer que necesita enterarse de su entorno, ni el más mínimo interés de aprender de otros, porque realmente cree que en él están todas las respuestas, se regocija en sí mismo y sus visiones.

Como decía Og Mandino en su Desiderata “El que se tiene por maestro a sí mismo, tiene por docente a un tonto.”

El yo Trascendental   
Es un impulso creador que conlleva el liderazgo, es capaz de proyectarse y encontrar lugares comunes en los pensamientos ajenos, pudiendo asumir posiciones que si bien no le benefician en nada, o tal vez hasta pudieran perjudicarle, es capaz de priorizarlas.

Se traduce en un tipo de conciencia emocional capaz de priorizar el bienestar para otros, y está más cercana a la capacidad de sentir amor, compasión y otras emociones que involucran a las otras personas.

Puede valerse de ese poder para mover masas, porque es capaz de capitalizar emociones y sensaciones, ya que su poder mental no se limita a una frontera personal.

Su proyección eleva su radio de acción, puede sentirse cómodo y resuelto estando solo o en presencia de otros con ideas radicalmente diferentes a las suyas o con sus semejantes.

Su estado emocional le permite tener una visión más amplia de las consecuencias de sus impulsos y actos, no actúa sin pensar y medir, ya que su pensamiento está bajo sus órdenes y no al contrario.

Tiene el poder de pasar desapercibido cuando lo desea, imponerse, y hacer profundas rupturas de estados emocionales colectivos.

Los dos yo cara a cara
Mientras uno es pequeño, limitado y limitante, el otro tiende a la universalidad, pudiendo incluir e incluirse.
Frente a la eterna búsqueda del hombre de su inmortalidad, pareciera que el yo trascendental es una fuente de la misma, ya que logra mantenerse vivo pese a la desaparición física de su productor. Mientras el otro pensamiento, más limitado, tiende a extinguirse con las necesidades y deseos de su dueño.

Libros como Siddartha de Hermann Hesse nos muestran  como sus protagonistas pueden viajar de un estado emocional hasta otro, logrando una transformación significativa y beneficiosa.

Sin duda mi percepción es que debemos hacer esfuerzos para lograr esta transformación, siendo garantía de valores sublimes como la Paz, el Amor, y el Respeto.