miércoles, 4 de abril de 2018

Shinrin-yoku: Baños de bosque en Barcelona




En este siglo tan complejo, hay ciudades, como Barcelona, que tienen la fortuna de estar rodeadas de costas y bosques a pocos minutos de sus centros urbanos. Esto puede ser motivo de envidia.

Las tendencias sobre calidad de vida han estado girando la mirada hacia la salud integral, que incluye al hombre y su entorno. Y en los últimos años han asumido la hipótesis de considerar a las urbes como generadoras de insatisfacciones y enfermedades. Como lo señaló la publicación del trabajo de investigación del doctor Philip Awadalla del Instituto de Investigación del Cáncer en Ontario (Canadá) en la revista Natura, que reseña La Vanguardia.

El Mindfulness, y otras filosofías orientadas hacia recuperar la salud integral del ser humano cada vez más incluyen al entorno como elemento determinante para completar los procesos de renovación y sanación.

Una de estas filosofías, la conocida Shinrin-yoku está volviendo a recuperar importancia en Europa, estos últimos meses. Aunque es una técnica que se viene utilizando desde la década de 1980.

El Shinrin-yoku tiene sus orígenes en Japón, es una filosofía que centra su actividad en el entorno, y parte de la idea de que el bosque es un espacio que conduce naturalmente a una vida más saludable.

Cuidado de confundirse, nada tiene que ver con andar besando árboles. Es más profundo que este simbólico gesto. Parte del principio de la unión de la parte (hombre) y el todo (bosque). Si una parte no está “bien” el “todo” propiciará que sane.

Pertenece a una rama de la medicina preventiva, y es una poderosa terapia alternativa contra el estrés, los trastornos emocionales, y otras dolencias principalmente con base anímica.

Literalmente Shinrin-Yoku significa baño de bosque, y es la mejor manera de liberar las toxinas del entorno de las urbes, y permitir al cuerpo (como parte) recuperar de forma natural el equilibrio con el todo, representado por la naturaleza.

Barcelona tiene numerosos parques con bosques cercanos, como: Parque Periurbano de Collcerola, Parque agrario del Bajo Llobregat, Parc de la Ciudadella, Parc del Guinardó, El Parc del Turó del Putxet, Parc de l'Oreneta, en el que se hace sencillo implementar esta práctica.

Guías para practicar Shinrin-Yoku


Para no confundirse, y terminar haciendo cualquier cosa menos Shinrin-Yoku, lo mejor es seguir una guía. Y el mundo editorial en español nos ofrece varias opciones.

La mejor recomendada, por ser la de más reciente publicación, fácil consulta, y tratarse de una guía escrita por una periodista especializada en el tema, es Shinrin-Yoku: Sumergirse en el bosque, de Annette Lavrijsen, publicada por Los Libros del Lince, y que se puede conseguir en cualquier librería de Barcelona, o por Amazon.

En ella, la autora facilita las claves para una práctica sencilla del Shinrin-Yoku en Occidente, y sus beneficios. Es un libro de fácil lectura, y un atajo perfecto para comenzar inmediatamente a incluir esta tendencia en la lista de actividades saludables que realizamos.

Casualmente la autora del libro estará visitando Barcelona estos próximos días: 4, 5 y 6 de abril, con suerte se puede aprovechar alguna actividad, firma de ejemplares o sorteo que organice la editorial que publica su libro. La cuenta en Twitter de la editorial es @LinceEdic.  



viernes, 16 de marzo de 2018

Reflexiones post febriles




Ayer caí en una fiebre desesperada y roñosa, una temperatura elevada en el corazón. La bacteria del TBT, de traer cosas del pasado, atacó sin piedad mi alma, para que reflexionara, hiciera ese ejercicio pérfido de pensar, que tanto ha costado a varios hombres en la historia.

Del pasado me traje al presente mi vida no tan reciente, esa de cuando era un joven recién graduado de la universidad de los jesuitas en Venezuela. De cuando mi padre a duras penas me daba el empujón a las 6 de la mañana en su viejo Chevrolet, porque perdía el aventón de alguna de mis amistades. Y mientras rodábamos por la autopista Francisco Fajardo, veía inerte, el cúmulo de ladrillos rojos cargados de pobreza.

Hacía tiempo que yo sabía que tanto olvido, tanto desprecio, tantos deseos de que no existiera esta parte de la ciudad, del país, le iba a terminar pasando cuenta a todos. Mi mirada nunca pudo, ni podrá, estar lejos de los que menos tienen. Y saber que, de una u otra forma, de esa masa de ladrillos caraqueños saldría una respuesta, era sólo cuestión de tiempo esperarla.

Yo pensé que saldría algo mejor, creí que la pobreza permitía la redención, y que el odio incubado en el alma de los que eran mis iguales hacia esa gente que afeaba a la Caracas pujante, era sólo posible de este lado.

Pero no era así, que tamaño de rencor se puede gestar en la mente del que nada tiene, ni teme. Este odio sólo parió engendros, deformidades que llevan en sus dobladas jorobas sacos llenos de miseria y penuria. Ideas bárbaras llenas de resentimiento.

Hoy caminan miles, millones, por las calles de Venezuela y el mundo, cargando con la culpa de parir esas criaturas y darles rienda suelta, como demonios en un jardín virginal.

Pero no fueron ellas, realmente la penuria fue la que nos venció. Aprendimos a vivir bajo el agua durante más de una década. Ahogados por la demagogia y el palabrerío atado al pasado, pero sin un futuro sólido. Pero aprender conlleva acostumbrarse.  

Nos graduamos con honores en una carrera contra nosotros mismos, sacamos postgrados en desconfianza. En el mundo tenemos tarjeta de presentación. ¡Ser venezolano es muy arrecho!

Tan poco conocido es el concepto de arrecho para el resto de mundo, como lo es todo lo que pasamos. Lo que nos ha redefinido estos últimos 20 años.
              
De joven siempre soñaba con el momento en que podría pisar la tierra de mis padres y mis abuelos. Sus historias me invitaban a cerrar un círculo que se había abierto por hambre, deseos de saciar el estómago y el alma, los hizo montarse en un barco y salir de su comodidad, para no querer volver a ella.

Yo quería decir gracias, conocer el suelo que les vio nacer y que se nos era transmitido en cada tradición, cada canción con timple, cada mojito con papas y gofio.

Nunca imaginé que me tocaría repetir su historia, pero con el aderezo de tener dos nacionalidades y no poder sentirme parte por completo de ninguna de las dos. Porque la nacionalidad no es solamente un derecho, es un sentimiento. Y una de ellas tiene demasiados recuerdos amargos, y la otra es aún muy ajena como para poder quererla.

¡Qué cantidad de cosas sacamos en las maletas!, la carrera y los putos 20 kilos no permitieron que todo lo que nos definía cupiera, pero hay espacios infinitos, lugares secretos en los que embojotamos sentimientos y recuerdos, como cuando nos caía el aguacero de golpe en Caracas, y salíamos corriendo a hacer una bola de ropa con lo que había en la cuerda, para que no se mojara. Una maraña de tela que aprieta fuerte el pecho, y que tardará años en desatarse.

Entre lo que sacamos estoy seguro que hay más de una historia muy personal de traición. De la cual hemos aprendido el valor de ser fieles, no con otros sino con nosotros mismos. Porque el que traiciona da asco, no por hacerle daño al otro, sino por desvirtuar lo que es él mismo, llevarse por el medio todo lo que expresó que quería, todo lo que le dio valor, y por ende sentido.

Sí, traicionar a otro es un sinsentido. A la par aprendimos a ser desconfiados, porque venimos entrenados para que nadie nos sorprenda, esperar nada de nadie suele ser mejor, y menos doloroso.

La fiebre no me baja después de 24 horas, sigo sudando por el calor del dolor y la tristeza de ver que el mundo se mueve a rincones más injustos cada día. Que el sentido común y el uso de la razón pierden terreno a tajadas por los sádicos mordiscos del populismo más salvaje y auténtico.

Ese mismo populismo que nos mordió la vida y la arrancó de tajo hace más de una década. Que mató a unos pocos, y que permitió que sus supervivientes tengan hoy una marca indeleble de haberle sobrevivido con inteligencia, con audacia. Con un “No compatriota, ¿cómo cree que me iría del país?” al Guardia Nacional en el aeropuerto, mientras los intestinos se revolvían entre querer vomitarle todo lo que pensabas y el miedo de que te retuvieran lo suficiente como para que tu única salida se elevara en el aire, y te condenaras a una prisión de más de 916 mil kilómetros cuadrados, y millones de historias depresivas.

Un segundo para suspirar, en el suspiro darle la vuelta en fotogramas a todo lo que conociste y que nunca volverá a ser igual. Una inflexión que sirva como un punto y aparte en tu historia personal.

La fiebre baja, pero no pasa.     

jueves, 1 de febrero de 2018

Yo quiero apostar a lo que siempre fuimos…


Foto: Shauki Expósito / Pico Bolívar 2007.

Soy un hombre de guardar, siempre me ha gustado conservar. Creo en el buen sabor de los recuerdos, y que son ellos quienes nos escoltan al final de este puente entre eternidades.

Tengo varios años viendo como una tormenta le da vueltas a todo aquello que conocía como “ser venezolano”. Y sin ánimo de juzgar lo que está bien o está mal, tengo claras intenciones de aferrarme, de nuevo, a mis recuerdos.

Hay personas que con una mirada enloquecida me responden que sólo eso podré tener, recuerdos, porque más nunca volverán esos tiempos. Yo me río, porque no saben el poder que tienen los recuerdos. Recordar es mantener algo vivo.

Yo quiero mantener vivo al buen venezolano, aquél que alguna vez tuvo la ilusión de querer un mejor país, que confió en cambiar las cosas porque merecía algo mejor. Ese que ya venía quebrado desde hace tiempo tanto moral, social y económicamente y se detuvo en 1998.

Desde allí, todo lo que viene es una suerte de desdibujo, descomposición, desconstrucción de todo lo que significaba ser venezolano.

A veces creo que cargar la bandera, cantar tanto el himno, y tatuarse los símbolos sólo han sido reflejos de mostrar lo que estábamos perdiendo, nuestra verdadera identidad.

No reconozco en el presente nada de aquellos tiempos de mis abuelos trabajadores, de mi país amable y digno, de mi gente fuerte y valiente. Divertida y con sonrisas hasta en los peores momentos. Esa gente se ha desvanecido, con todos sus sueños e ilusiones.

Yo sabía que algún día me tocaría salir de Venezuela, estaba en mi ADN querer salir a recorrer el mundo entero, hacer de otras ciudades mis segundas casas, era parte de mi sueño. Pero pensaba que siempre tendría un lugar al que podía llamar mi casa. Mi hogar verdadero, mi bella Caracas.

Pero mi ciudad de techos rojos, mi ciudad educada, pujante, eléctrica y dinámica, aquella que siempre se mostraba como la mejor de todo el continente, se volvió gris, y se degradó. Se disolvió en la tristeza.

Cada vez que pienso en esto con tristeza, me viene aquella cita histórica que versaba más o menos “Haré que todos olviden tu nombre, y la de los tuyos, y tu historia para siempre, así dejarás de existir”. Y entonces sé que mi mayor tesoro es mi recuerdo.

Caracas yo te recuerdo con amor, en la vigilia de volver a tenerte, pujante, así sea a lo lejos, pero que vuelvas a ser la Caracas que anhelo…


Entonces me atrevo, y a la frase de Gandhi “Podrán golpearme, romperme los huesos, matarme, tendrán mi cadáver, pero no mi obediencia” le agregaría, ni mis recuerdos...

jueves, 1 de junio de 2017

¿Por qué Frodo vuelve a la Comarca?: Para un inmigrante casi nunca hay vuelta atrás

La Comarca

Es tal vez la historia de J.R.R Tolkien que más popularidad tiene en la actualidad, la aventura del pequeño mediano que sale a cambiar el mundo con su mínima y frágil figura de antihéroe nos invita a reflexionar de diferentes formas, cuando ya se acerca a sus 80 años de haber comenzado a ser escrita.

Hoy quiero dedicarme a pensar y compartir con ustedes esa visión del Frodo que emigra.

Frodo es un inmigrante  

Tal vez nunca se han detenido a pensar en esta idea, pero Frodo es un inmigrante visto desde el reino de los Peredhil. Y no un inmigrante cualquiera, fue balsero, indocumentado, tratado como clandestino con un ingreso no previsto, pero con la protección que le daba el siempre buen Gandalf bajo el pretexto de la adversidad.

Pero Frodo siempre fue un inmigrante. Un ajeno a las normas de los Elfos, de los Humanos, de los Enanos o los mismos primos grises Sindar de Elrond. Pero un inmigrante aún más extraño. Porque todos los demás son comunes a verse. Es frecuente que se encuentren, pero Frodo y su escolta llaman la atención porque no son habituales.

De toda la trama de J.R.R Tolkien, creo que lo más fantástico es que Frodo regrese a la Comarca como si nada. ¿Por qué tenía necesidad Tolkien de hacer regresar a Frodo a su vida normal? Sin duda está explicado en el contexto de su historia como hombre.

Para los que hemos emigrado por distintas razones, que Frodo regrese es de alguna forma un alivio y una necesidad satisfecha, implica que la vida que siempre amamos está allí esperándonos. Cuando la realidad, que pareciera estar escrita por un Trasgo, siempre nos demuestra que no es así. Que aquellos que recordamos y anhelamos como nuestro pasado más hermoso, lo que nos formó y nos dio oportunidad de tener conciencia y de ser, dejó de existir, o se transformó de tal manera que se distorsionó, y probablemente para siempre.

Por más anillos que llevemos al mismo fondo de Orodruin, tenemos más oportunidad de volvernos un Golum de mirada dispersa y comportamiento obsesivo que ser un impecable y sereno Bilbo en el momento de su retiro si no somos capaces de superar el duelo del que formamos parte.

Saludos, amigos de la Comarca.

lunes, 30 de enero de 2017

Sobre la pertenencia

Arepa con chorizo colombiano de El Arepazo

He estado leyendo a Luis Racionero, su libro “Concordia o discordia” llegó a mis manos gracias a Albert Pérez Novell. Y a mí que me encanta leer, y que me recomienden lecturas, me dispuse y no tardé en tragarme por los ojos sus letras.

No hay nada de veneno en este libro aunque para algún andaluz de mucha fe y poca crítica podría ser muy pesado, es una explicación racional desde la teoría de sistemas de por qué surgen los nacionalismos, y de refilón, por qué España y Cataluña llevan esta suerte de relación de amantes mal queridos.

Este post no es sobre nacionalismo, no vincula a Venezuela, ni a Cataluña, ni a España (momento de que abandonen la página 486.000 apasionados del teclado). Este post va de la vida, del hombre, y de la reflexión de este lector mientras leía a Racionero.

No me meto con el tema catalán, porque es tan complejo, que aunque llevo ya un año y un poco más entrevistando a partes y partes, leyendo y tratando de comprenderlo, aún me siento incapaz de opinar sobre él, ni siquiera de conversar sobre el tema.

Aunque la explicación de Racionero sobre la teoría de sistemas aplicada a la realidad política catalana es para reflexionar, yo me perdí en los pensamientos que guardan referencia a la pertenencia. Esa necesidad humana de tener raíces.

¿Mis raíces?
Como explica el autor, esas raíces pueden provenir de la familia, pero existen en última instancia las que llegan por el terruño, por la nación. En una confrontación constante en la persona se encuentran, por un lado su visión cosmopolita del mundo (solidaridad) y por el otro su nacionalismo (pertenencia).

Comencé a cuestionarme ¿No tengo raíces nacionales?, ¿Cuáles son mis raíces nacionales?, ¿Por qué cuando pienso en mis raíces, sólo pienso en mi familia?

Haciendo mi descripción en frío, soy venezolano hijo de inmigrantes españoles, nací en mi bella Caracas, no olvido a mi cerro Ávila, que tanto visité y en sus quebradas (las limpias) me bañé. Soy de comer arepas con frecuencia interdiaria, soy gentil, amable y atento, de buen humor como la mayoría de los venezolanos.

Pero no tengo sentimientos radicales nacionalistas, estoy seguro que frente a otros criollos patriotas pecho rajao yo quedaría como un apátrida, y no me molesta. No sé si se lo debo a ser hijo de emigrantes, pero desde que nací siempre supe que pertenecer radicalmente a Venezuela me impedía, por exclusión del sentimiento, pertenecer al mundo. ¿Por qué debo yo amar más Caracas que a Barcelona?

Saldría algún valiente opinador “Es que Caracas te dio todo, ingrato!!”… ¿Caracas me dio todo?, ¿es que sólo por pertenecer a un terruño ya tenemos todo ganado?, la historia de mi familia me hace entender que no. Quien no trabaja, se aferra a la familia, y prospera para proveerse todo, no recibe nada. Caracas, como Barcelona, o Londres son solo espacios para que, quien se esfuerza, reciba lo que merece. Y en ellas estamos de paso.

Nacionalismo y egoísmo
Entonces sigo en los párrafos de Racionero, perdido sobre la pertenencia, y logro anclar ese concepto con el del egoísmo. Porque cuando pertenezco a algo también me pertenece, se vuelve mío, y por exclusión de nadie más, salvo que sea igual a mí. Mi oficina, mi carro, mi casa, mi parque, mi playa, mi ola, mi dinero, mis estudios, mi título, mi vida.

Comprendo entonces a cierto tipo de pertenencia en un nivel de egoísmo, y a este egoísmo como elemento fundamental del nacionalismo radical. “¡Toda esa montaña es mía, como las arepas, el sol, la playa, los cocos, el bienmesabe, la hallaca, me pertenece, nos fundimos (como el queso blanco a la masa)!”

El hombre moderno pareciera que necesita pertenecer para ser, a un club de fútbol, a un grupo de aficionados, a un partido político, a una nacionalidad, a una causa: “Hacer América grande de nuevo”. 

Ser más amplio
Pero entonces pienso en mí, y no sé si entre los que me leen habrán más como yo, que pertenezco al vientre de mi mamá, y a las piernas de mi abuela, a la silla de madera hecha por mi abuelo, al colador de café hecho de tela y guindado de un clavo, soy de allí.

Tengo nostalgia por Caracas, porque en ella crecí y viví, pero el sentimiento es exactamente igual que el anhelo que tengo de conocer Atenas, o visitar New York. Porque no pertenezco a un rincón, a un pedazo, soy del mundo, y el mundo es mi hogar.

Esa extraña forma de ser más amplio me lleva a ponerle escalibada o sobrasada a una arepa. Ver entre Barcelona y Caracas coincidencias. Sentir que edificios de La Candelaria se parecen a algunos en Trinitat Vella. Y así.

Paso páginas de Racionero y pienso en mis amigos criollos pecho patriota, y encuentro entre ellos un elemento común. Están aislados, encerrados hasta donde rompe la ola contra la arena.
Ese aislamiento, consecuencia del más radical nacionalismo, limita y castra. Y a su vez impide que las personas comprendan la realidad de lo que viven.

Mis amigos, están atados a su propio sentido aumentado de pertenencia.

Global y local
Como ellos, hoy el mundo pareciera encerrarse por miedo, en sentimientos nacionalistas, porque los problemas de otros son muy difíciles, como lo que ocurre en Siria o en Corea, y “es mejor quedarse en la Comarca y no salir a explorar, Frodo!!”.

El mismo maestro J.R.R. Tolkien en su obra nos hace una exaltación de la solidaridad entre las diferencias para vencer a males mayores. Ante grandes dificultades es natural querer encerrarnos y abrazar nuestros nacionalismos, por temor, por ira. Pero es lo peor que nos podemos hacer en la vida. Aislarnos.

Entiendo a aquellos que se aferran al nacionalismo, los comprendo bien, pero no veo útil esta vía. No creo que sea un buen camino para atender lo que nos exige nuestra evolución como especie sobre este Planeta. Pienso que resta mucho más que sumar.

Creo que de nuestro terruño lo que debemos llevar al mundo es nuestra forma de entenderlo y particularidades para compartir, como decía mi querido profesor Cristóbal Guerra, no hay nada más global que lo local. ¡No hay nada más sabroso que una arepa con sobrasada! 

Nota al margen 
Tardé por lo menos 2 semanas en publicar este post. Estaba en un debate entre si lo que publicaba aquí era producto de un momento en mi proceso personal o era un encuentro en una especie de laguna de varios afluentes de pensamientos. Terminó de decidirme subirlo la última foto del ala de un avión que partió de Maiquetía rumbo a lo desconocido para 5 amigos.

De todas estas experiencias de vida, algo bueno tiene que resultar.