miércoles, 10 de junio de 2020

Apuntes sobre el racismo


Pintura de una familia de Brasil realizada por el retratista  
neoclásico Jean-Baptiste Debret (1768-1848) 

Hace algunos años tuve una alumna de origen portugués. Hermosamente muy portuguesa, de rasgos muy marcados, huesos muy fuertes, ojos profundamente grandes y una mirada honda. Labios pronunciados y una dentadura envidiable. Cabello castaño tostado del Mediterráneo. Pequeña de tamaño y con una voz muy aguda.

Sin duda que destacaba del promedio de sus compañeros con características físicas más típicas de las costas caribeñas y del Mar Caribe. Era como una exclamación entre tantas palabras similares.

Evidentemente, esperaba yo, como ustedes, que el nivel de mis alumnos universitarios les llevara a hacer descripciones similares de su compañera. Pero no sucedió, por el contrario la incomprensión de lo desconocido, el temor a lo diferente se apoderó del grupo.

Y apareció la oportunidad para los más inseguros de sí mismos. Señalarla a ella, y burlarse de sus diferencias parecía satisfacer una falsa seguridad de pertenencia e inclusión social “nosotros sí somos los mejores, somos iguales”.

Soporté dos y tres clases de lo mismo, mi alumna llorando, los otros disfrutando entre murmullos y risas. Hasta que me harté, e hice lo que creo que todos debemos hacer. Paré mi clase y dije “vamos a hablar sobre el racismo, y el respeto al otro”.

En seguida salieron los teóricos luchadores progresistas a decir “por qué es malo el racismo”, dejé que argumentaran todo. Y en un punto dado, les dije que todos eran bien racistas. La reacción fue reírse. Pero la risa duró poco, muy poco… Cuando se identificaron en las bestias que tan bien habían definido. ¡Racistas! Porque el racismo no es sólo de blancos hacia negros.  

El odio no acaba con el racismo

La violencia y el odio nunca son la solución para este tema. “Es una expresión social”, pues a mi parecer la peor. Justamente el racismo es un tipo de violencia que normalmente termina cobrándose la vida de un inocente. Apagar la violencia con más violencia siempre es una mala elección.

Al racismo se le apaga con educación.

Ocultarlo no acaba con el racismo

Increíblemente la moda entre los anti-racistas es borrar al racismo de cualquier lado, tirando estatuas del pasado. Prohibiendo cintas de cine, ocultando publicidad de épocas en que el racismo campeaba. 

Si al racismo se le oculta, el resultado inmediato es su reaparición, sin maldad aparente en un principio, como el ejemplo de mis alumnos. Pero que progresivamente va volviendo un infierno la vida de los afectados. Porque el racismo sobrevive en la ignorancia de conocerse a sí mismo. Cuando el racista se identifica, y entiende lo absurdo de su actuar, suele dejar de comportarse inmediatamente de esa manera.  

Borrar al racismo y al racista NO hará que esto desaparezca, sino más bien producirá más racismo a corto plazo, y sin tener ninguna herramienta a la mano para poderlo ejemplificar, e identificar.

¿Realmente estás luchando contra el racismo, o simplemente estás buscando una buena razón para seguir odiando?

lunes, 13 de abril de 2020

Lavarse las manos, bien, ¡muy bien!

Hermosa obra de Jan Lievens, "Pilato lavándose las manos", h.1625.

Índice o indicio

Ha pasado tiempo ya desde que publiqué mi último post. Y muchos me han preguntado ¿No hay nada que decir en estos tiempos de Pandemia, virus, frustración y pánico?, y yo respondo de forma inmediata: Dos cosas, lávate bien las manos y quédate en casa.

¿Nada más?- y ¿Qué más quieres?, no hay soluciones mágicas, esas sólo están en nuestra imaginación. Y mientras ideamos cómo vencer el caos, lo mejor es hacer lo que como especie, naturalmente sabemos hacer, refugiarnos.

A veces me río de aquellos que, antes de todo esto, levantaban la bandera de "volver a los orígenes" distorsionando el mensaje para criticar al Desarrollo. Bueno, ¿Qué mejor regreso que volver a nuestros instintos más primigenios?, < Comer, Dormir, Refugiarnos, Reproducirnos, y Crear >.

Es evidente que la respuesta no es volver a nuestros orígenes, sino construir un mejor mañana cada día, sabiendo de dónde venimos.

Lávate las manos

...(pero que tu mano izquierda no vea lo que hace la derecha. Mateo 6:3).

La mejor medida ante el virus es la de lavarse las manos, sin duda que todos somos expertos en esto, y si no, está el video que sale en las redes cada cinco segundos con la pintura negra y los guantes, y que nos enseña a cómo restregar nuestras palmas.

Pero hay algunos que se están volviendo expertos, o a lo mejor ya lo eran, en esto de lavarse las manos ante la adversidad.

"Yo me lavo las manos" "Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la gente diciendo: 'Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis'". (Mateo 27:24).
Y no, no me refiero a los políticos. Ellos tienen todos (no importa el país, ni el año en que lea esto) una maestría en frotarse los dedos (ya sea por codicia, o por escapar del tumulto).

Me refiero a los de a pié. ¿Cómo?, seguro se estará preguntando. ¿Qué me vienes a decir? Sí, hay cientos o miles que se saben lavar muy bien las manos frente a la adversidad. Como aquellos que van en dos coches separados al mercado a comprar cerveza, se hablan en la cola de muchos que necesitan repostar alimentos en sus casas, dejan pasar a mayores "porque son prioridad",  pero luego salen sólo con cerveza y se suben a sus coches. Vamos, mejor lavada de manos, la de Pilato.

"Nadie se va a enterar si me monto "el picoteo" con el vecino en la terraza del edificio, total ni música tenemos. Y es que esto del confinamiento es << Inaguantable >>", No sé cómo medir lo inaguantable, pero en la escala, perder a un ser querido sano por un virus, sin poder despedirse, ni hablar con él antes de morir, entra en el tope. Y todo lo demás son excusas para... lavarse las manos.

"¿Qué hago con los críos en casa? (pregunta desde el minuto 0), ¡esto es inaguantable, dales las tablets!", y allí van los niños todo el día con la cara pegada a la tableta... No soy padre, espero serlo, pero cuando lo sea espero también estar 100% listo para disfrutar a plenitud de mis hijos y  tener un plan para que nunca sean una carga. El confinamiento es un tiempo de oro para disfrutarlos, y cualquier otra cosa es... lavarse las manos.

"Me metí en las redes sociales desde la mañana, y compartí cuánto link vi sobre el virus. TODO, hay que decirlo TODO, con eso ya he hecho bastante por todo esto". No hay mucho más que agregar, ¡denle la toalla!

"Vi a alguien salir de casa, y le grité con todo lo que podía. Soy la policía del barrio, alguien tiene que traer la ley y el orden. Y al médico ese del primero, ya le dejé un ultimatum, 48 hora para irse del pueblo". (splash, spalsh, splash).

Pero por un segundo, allí en el balcón, en la inmensidad de la ventana, en la plenitud del color marrón de la taza de café, hay una voz que te dice: "Sé que puedo hacer más en todo esto".

¿Y qué tal si dejamos de lavarnos las manos?- como Pilato.

 Y empezamos a escuchar nuestro propio silencio, a oír lo que pareciera no tener voz, nuestra casa, nuestro entorno. Y a encontrar ese lugar justo en el que seremos más útiles y felices, (como lo han hecho algunos futbolistas, que ahora cocinan).

El mejor ejemplo es el de los músicos. Ellos sí que saben escuchar y llevar los tiempos. Entienden que con su maestría pueden hacer lo que mejor saben hacer, poner música a la vida, darle poesía a la humanidad para enfrentar la calamidad. (Sí, como los del Titanic, ya, ya, ya...) No hay profesión más útil durante esta pandemia, después de los médicos, que los músicos.

No tenemos que hacer grandes cosas, yo por ejemplo hice hoy lo que creo que mejor se me da en mi poco tiempo libre, escribirte en este blog y dejar de lavarme las manos (sólo por esté post).

¿Quieres contarme tu historia?, ¿Se te ocurren más lavadas de manos? O entró en ti el alma "millennials" del resentimiento por mis alegatos. Adelante, ¡hablemos!









miércoles, 28 de noviembre de 2018

¿Ser mejores personas?


El título del post no tiene un error, está formulado como una pregunta y no como una afirmación. Porque a veces caemos en la trampa de pensar que ya no podemos ser mejores. Que lo estamos dando todo, al 100%, y que hacemos las cosas bien.

La afirmación imperativa es una tentación en estos tiempos, ¡debemos ser mejores personas!, pero realmente para movernos hacia lograrlo es mejor partir de la pregunta ¿debemos ser mejores personas?...

Seguramente, como a mi, te pasarán infinidades de respuestas de todas esas cosas que hacemos bien, pero que podemos hacer mejor, ¡mucho mejor!

miércoles, 4 de abril de 2018

Shinrin-yoku: Baños de bosque en Barcelona




En este siglo tan complejo, hay ciudades, como Barcelona, que tienen la fortuna de estar rodeadas de costas y bosques a pocos minutos de sus centros urbanos. Esto puede ser motivo de envidia.

Las tendencias sobre calidad de vida han estado girando la mirada hacia la salud integral, que incluye al hombre y su entorno. Y en los últimos años han asumido la hipótesis de considerar a las urbes como generadoras de insatisfacciones y enfermedades. Como lo señaló la publicación del trabajo de investigación del doctor Philip Awadalla del Instituto de Investigación del Cáncer en Ontario (Canadá) en la revista Natura, que reseña La Vanguardia.

El Mindfulness, y otras filosofías orientadas hacia recuperar la salud integral del ser humano cada vez más incluyen al entorno como elemento determinante para completar los procesos de renovación y sanación.

Una de estas filosofías, la conocida Shinrin-yoku está volviendo a recuperar importancia en Europa, estos últimos meses. Aunque es una técnica que se viene utilizando desde la década de 1980.

El Shinrin-yoku tiene sus orígenes en Japón, es una filosofía que centra su actividad en el entorno, y parte de la idea de que el bosque es un espacio que conduce naturalmente a una vida más saludable.

Cuidado de confundirse, nada tiene que ver con andar besando árboles. Es más profundo que este simbólico gesto. Parte del principio de la unión de la parte (hombre) y el todo (bosque). Si una parte no está “bien” el “todo” propiciará que sane.

Pertenece a una rama de la medicina preventiva, y es una poderosa terapia alternativa contra el estrés, los trastornos emocionales, y otras dolencias principalmente con base anímica.

Literalmente Shinrin-Yoku significa baño de bosque, y es la mejor manera de liberar las toxinas del entorno de las urbes, y permitir al cuerpo (como parte) recuperar de forma natural el equilibrio con el todo, representado por la naturaleza.

Barcelona tiene numerosos parques con bosques cercanos, como: Parque Periurbano de Collcerola, Parque agrario del Bajo Llobregat, Parc de la Ciudadella, Parc del Guinardó, El Parc del Turó del Putxet, Parc de l'Oreneta, en el que se hace sencillo implementar esta práctica.

Guías para practicar Shinrin-Yoku


Para no confundirse, y terminar haciendo cualquier cosa menos Shinrin-Yoku, lo mejor es seguir una guía. Y el mundo editorial en español nos ofrece varias opciones.

La mejor recomendada, por ser la de más reciente publicación, fácil consulta, y tratarse de una guía escrita por una periodista especializada en el tema, es Shinrin-Yoku: Sumergirse en el bosque, de Annette Lavrijsen, publicada por Los Libros del Lince, y que se puede conseguir en cualquier librería de Barcelona, o por Amazon.

En ella, la autora facilita las claves para una práctica sencilla del Shinrin-Yoku en Occidente, y sus beneficios. Es un libro de fácil lectura, y un atajo perfecto para comenzar inmediatamente a incluir esta tendencia en la lista de actividades saludables que realizamos.

Casualmente la autora del libro estará visitando Barcelona estos próximos días: 4, 5 y 6 de abril, con suerte se puede aprovechar alguna actividad, firma de ejemplares o sorteo que organice la editorial que publica su libro. La cuenta en Twitter de la editorial es @LinceEdic.  



viernes, 16 de marzo de 2018

Reflexiones post febriles




Ayer caí en una fiebre desesperada y roñosa, una temperatura elevada en el corazón. La bacteria del TBT, de traer cosas del pasado, atacó sin piedad mi alma, para que reflexionara, hiciera ese ejercicio pérfido de pensar, que tanto ha costado a varios hombres en la historia.

Del pasado me traje al presente mi vida no tan reciente, esa de cuando era un joven recién graduado de la universidad de los jesuitas en Venezuela. De cuando mi padre a duras penas me daba el empujón a las 6 de la mañana en su viejo Chevrolet, porque perdía el aventón de alguna de mis amistades. Y mientras rodábamos por la autopista Francisco Fajardo, veía inerte, el cúmulo de ladrillos rojos cargados de pobreza.

Hacía tiempo que yo sabía que tanto olvido, tanto desprecio, tantos deseos de que no existiera esta parte de la ciudad, del país, le iba a terminar pasando cuenta a todos. Mi mirada nunca pudo, ni podrá, estar lejos de los que menos tienen. Y saber que, de una u otra forma, de esa masa de ladrillos caraqueños saldría una respuesta, era sólo cuestión de tiempo esperarla.

Yo pensé que saldría algo mejor, creí que la pobreza permitía la redención, y que el odio incubado en el alma de los que eran mis iguales hacia esa gente que afeaba a la Caracas pujante, era sólo posible de este lado.

Pero no era así, que tamaño de rencor se puede gestar en la mente del que nada tiene, ni teme. Este odio sólo parió engendros, deformidades que llevan en sus dobladas jorobas sacos llenos de miseria y penuria. Ideas bárbaras llenas de resentimiento.

Hoy caminan miles, millones, por las calles de Venezuela y el mundo, cargando con la culpa de parir esas criaturas y darles rienda suelta, como demonios en un jardín virginal.

Pero no fueron ellas, realmente la penuria fue la que nos venció. Aprendimos a vivir bajo el agua durante más de una década. Ahogados por la demagogia y el palabrerío atado al pasado, pero sin un futuro sólido. Pero aprender conlleva acostumbrarse.  

Nos graduamos con honores en una carrera contra nosotros mismos, sacamos postgrados en desconfianza. En el mundo tenemos tarjeta de presentación. ¡Ser venezolano es muy arrecho!

Tan poco conocido es el concepto de arrecho para el resto de mundo, como lo es todo lo que pasamos. Lo que nos ha redefinido estos últimos 20 años.
              
De joven siempre soñaba con el momento en que podría pisar la tierra de mis padres y mis abuelos. Sus historias me invitaban a cerrar un círculo que se había abierto por hambre, deseos de saciar el estómago y el alma, los hizo montarse en un barco y salir de su comodidad, para no querer volver a ella.

Yo quería decir gracias, conocer el suelo que les vio nacer y que se nos era transmitido en cada tradición, cada canción con timple, cada mojito con papas y gofio.

Nunca imaginé que me tocaría repetir su historia, pero con el aderezo de tener dos nacionalidades y no poder sentirme parte por completo de ninguna de las dos. Porque la nacionalidad no es solamente un derecho, es un sentimiento. Y una de ellas tiene demasiados recuerdos amargos, y la otra es aún muy ajena como para poder quererla.

¡Qué cantidad de cosas sacamos en las maletas!, la carrera y los putos 20 kilos no permitieron que todo lo que nos definía cupiera, pero hay espacios infinitos, lugares secretos en los que embojotamos sentimientos y recuerdos, como cuando nos caía el aguacero de golpe en Caracas, y salíamos corriendo a hacer una bola de ropa con lo que había en la cuerda, para que no se mojara. Una maraña de tela que aprieta fuerte el pecho, y que tardará años en desatarse.

Entre lo que sacamos estoy seguro que hay más de una historia muy personal de traición. De la cual hemos aprendido el valor de ser fieles, no con otros sino con nosotros mismos. Porque el que traiciona da asco, no por hacerle daño al otro, sino por desvirtuar lo que es él mismo, llevarse por el medio todo lo que expresó que quería, todo lo que le dio valor, y por ende sentido.

Sí, traicionar a otro es un sinsentido. A la par aprendimos a ser desconfiados, porque venimos entrenados para que nadie nos sorprenda, esperar nada de nadie suele ser mejor, y menos doloroso.

La fiebre no me baja después de 24 horas, sigo sudando por el calor del dolor y la tristeza de ver que el mundo se mueve a rincones más injustos cada día. Que el sentido común y el uso de la razón pierden terreno a tajadas por los sádicos mordiscos del populismo más salvaje y auténtico.

Ese mismo populismo que nos mordió la vida y la arrancó de tajo hace más de una década. Que mató a unos pocos, y que permitió que sus supervivientes tengan hoy una marca indeleble de haberle sobrevivido con inteligencia, con audacia. Con un “No compatriota, ¿cómo cree que me iría del país?” al Guardia Nacional en el aeropuerto, mientras los intestinos se revolvían entre querer vomitarle todo lo que pensabas y el miedo de que te retuvieran lo suficiente como para que tu única salida se elevara en el aire, y te condenaras a una prisión de más de 916 mil kilómetros cuadrados, y millones de historias depresivas.

Un segundo para suspirar, en el suspiro darle la vuelta en fotogramas a todo lo que conociste y que nunca volverá a ser igual. Una inflexión que sirva como un punto y aparte en tu historia personal.

La fiebre baja, pero no pasa.